RESTAURACIÓN del retablo mayor de la catedral

Restauración del retablo mayor de la catedral de Pamplona

La restauración del retablo mayor catedralicio que preside desde 1953 la parroquia de San Miguel parece ocasión oportuna para volver sobre esta obra y revisar su valoración en el contexto de la Contrarreforma hispánica en el que fue realizada y de la que es uno de los mayores exponentes.

La consolidación y restauración del retablo finalizadas en estos días constituye una excelente noticia para la conservación del patrimonio histórico artístico navarro, y permite apreciar nuevos valores escultóricos y pictóricos, puestos de manifiesto por una nueva iluminación, que antes se nos ocultaban. La historia de la realización de la obra, la participación de los artistas, el significado de su programa iconográfico y las lamentables circunstancias que rodearon la retirada del presbiterio catedralicio y su traslado desde la catedral a la nueva parroquia de San Miguel, son ahora mejor conocidas a la luz de nuevas investigaciones.

Promotor y mecenas

La figura del obispo don Antonio Zapata es una de las más brillantes de la historia eclesiástica española de fines del siglo XVI y comienzos del siglo XVII. De estirpe noble, era hijo primogénito del Conde de Barajas pero renunció al título para seguir la carrera eclesiástica en la que llegó a ser obispo, cardenal e inquisidor general. Típico obispo de la contrarreforma, desplegó fecundas iniciativas para poner en práctica los decretos del Concilio de Trento, en la diócesis de Cádiz primero, después en la de Pamplona y finalmente en la de Burgos. Perteneció al círculo íntimo de Felipe II y también mantuvo relaciones con Felipe III y Felipe IV y con sus respectivos validos. Fue promovido a la diócesis de San Fermín en 1596 pero no hizo su entrada en Pamplona hasta el 13 de marzo de 1597 y en ella permanecería un breve tiempo, tres años, en los que desarrolló claras iniciativas para favorecer el culto divino en la catedral ampliando el número de músicos de capilla y realizando nuevos ornamentos. Pero sobre todo con gran rapidez, el mismo año de su llegada en 1597, encargó un templete de plata para la catedral, que contrataría con el platero de Pamplona Velázquez de Medrano y se estrenaría en la procesión del Corpus de 1598. Construyó también una nueva sacristía para los canónigos tal como propugnaba San Carlos Borromeo en sus Instrucciones y mandó labrar un retablo mayor para el templo catedralicio.

Se trataba de un retablo para presidir el presbiterio que funcionara como telón de fondo de las celebraciones litúrgicas, pero sobre todo que sirviera para enseñar con imágenes a unos fieles, entonces iletrados y carentes de referentes visuales, tal y como mandaba el Concilio de Trento a los obispos en el Decreto de las imágenes aprobado en la última de sus sesiones celebrada el 3 de diciembre de 1563. Para ello, las imágenes sagradas habían de presentarse de manera adecuada y decorosa y darles honor y veneración, no por ellas mismas sino porque a través de ellas adoramos al mismo Cristo.

Constituía esto una respuesta al ataque a las imágenes que se había producido en amplios sectores del protestantismo. La aplicación de los decretos en la diócesis de Pamplona se hizo a través del Sínodo Diocesano, que promulgó las Constituciones Sinodales que fueron aprobadas por don Bernardo de Rojas y Sandoval e impresas en Pamplona en 1591 por Thomás Porralis. Junto al decoro que debían mostrar las imágenes, se mandaba que se hicieran de bulto o talla, doradas y estofadas. Con la construcción del retablo de la catedral, obra de escultura dorada y estofada, don Antonio Zapata cumplía el mandato de las Constituciones Sinodales del Obispado de Pamplona.

Los artistas

Nuevas noticias aportadas por Criado añaden algunas precisiones importantes a lo ya conocido, según las cuales el mismo año de 1597, el escultor de Cabredo Pedro González de San Pedro había contratado ya el retablo y subcontrataba la arquitectura del mismo a Domingo de Bidarte, ensamblador de Estella, para que la labre y asiente conforme a la traza que le entregaría, para que la haga bien labrada y de acuerdo con los preceptos de Vignola, según González se había obligado. Resulta interesante ver citado directamente al tratadista italiano Vignola, cuyas Reglas de los Cinco Órdenes de Arquitectura había sido traducido al español en 1593 por Patricio Caxés.

El contrato comprendía también un sagrario, hoy desaparecido, que sería seguramente un organismo arquitectónico de varios cuerpos decrecientes. Se menciona también el material que debía utilizarse, madera de buen roble, tilo y nogal, el plazo de once meses para realizar la obra, y la cantidad que costó la arquitectura que fue trescientos cincuenta ducados de la moneda de este reino que se abonarían en plazos.

La traza mencionada a la que se ajustarán ambos maestros y que se llevó a la práctica, encierra una gran novedad ya que se trata de una adaptación de la traza del retablo mayor del Monasterio de El Escorial, diseñada por Juan de Herrera y con la que mantiene una gran semejanza, y se aleja en cambio de las trazas del romanismo regional. Cabe suponer que el obispo, dadas sus relaciones con Felipe II, pudo hacerse con los grabados del flamenco Pierre Perret que fueron impresos en 1589 con el título Ortographia del Retablo que esta en la Capilla Maior de S. Lorentío el Real del Escurialy encargar su adaptación al retablo mayor de la catedral a sus artistas, probablemente al platero Velázquez de Medrano, maestro del diseño arquitectónico.

Con todos estos requisitos se levantaría una arquitectura monumental, clásica y severa, en donde había de colocarse la escultura de relieves y bultos de González de San Pedro, el mejor discípulo de Juan de Anchieta, cuyos estilo y tipos humanos sigue. Su alta calidad técnica en el conjunto y en el detalle ha podido comprobarse de cerca con motivo de la restauración.

El dorado y el color conservado en buena parte pese a los deterioros del tiempo, ha sido recuperado por la restauración que muestra ahora una entonación nueva de colorido más claro, rosas-malvas, salmones, bellísimos azules y blancos, en definitiva un color manierista con preciosos estofados en las telas y orlas con figuras.

El responsable de esta policromía es Juan Claver, uno de los pintores más importantes de Pamplona del período de la Contrarreforma, autor también de los frisos decorativos del retablo formados por niños desnudos, ramas y pájaros, todos ellos motivos naturalistas que se imponen frente a los monstruos fantásticos del grutesco considerado ahora por la iglesia como pagano. Carnaciones brillantes a pulimento y cabelleras doradas contribuyen a la idealización de las figuras que parecen celestiales.

Sermón en imágenes

El retablo desarrolla un auténtico sermón en imágenes que habría sido señalado por el propio obispo y contiene una lección de las verdades de la Fe y de los misterios de la salvación, tal y como propugnaba el Concilio de Trento.

Su programa iconográfico une la función de la catedral como primer templo con San Pedro en Cátedra, sustituida ahora por el nuevo titular San Miguel, la titular de la catedral representada por la Asunción de María con devociones particulares del obispo en los milagros de San Ildefonso, más San Agustín cuya regla seguían los canónigos y San Fermín, patrono del reino. La calle central concentra el culto a la Eucaristía, a la Virgen y a la infabilidad del papado y culmina con el Calvario, símbolo de la redención.

Desmontado y traslado

Como es sabido, el retablo no ocupa desde hace años el presbiterio de la catedral de Pamplona para donde fue hecho, sino que coincidiendo con la renovación artístico-litúrgica de la posguerra que pretendía devolver al templo su pureza gótica para conseguir la "unidad de estilo" se desmontó en 1940 a la vez que la sillería. El responsable del proyecto fue don Onofre Larumbe, beneficiado de la catedral de Pamplona y delegado de Bellas Artes.

Las reacciones ante estos hechos no se hicieron esperar, como ha analizado Fernández Gracia. Radicalmente en contra se muestra Chamoso Lamas del Servicio de Defensa del Patrimonio que en su informe escribe: "Consiste este error en haber desmontado y eliminar del templo el gran retablo mayor que cubría el fondo del presbiterio de la manera más apropiada y espléndida según las normas litúrgicas españolas, tan ponderadas en el extranjero". Insiste en que lo más correcto sería volver a instalar el retablo mayor como solución más digna.

A favor del retablo se manifestó don Francisco Iñiguez, conocido arquitecto restaurador y entonces comisario general de Bellas Artes, que amenazó con su dimisión ante el problema creado por la eliminación del retablo y sillería, y el propio Marqués de Lozoya que adoptó un tono conciliador en el conflicto. Pero el retablo mayor no volvería al lugar para el que fue construido, desapareciendo así la ordenación del presbiterio contrarreformista que había hecho el obispo Zapata con este altar y el retablo de la Capilla Real que guardaba también los preceptos de Vignola como el mayor.

Desmontado en dependencias catedralicias, fue solicitado por varios lugares como Cascante o la catedral de Calahorra para finalmente ser cedido a la Diputación Foral que lo ubicó en la nueva parroquia de San Miguel, construida por los arquitectos José Yarnoz Larrosa y Víctor Eusa.

Hicieron estos una iglesia típica de la contrarreforma siguiendo a Vignola y guardando estilo como el retablo, pensada para el culto y las celebraciones. Aquí se encajó el retablo en 1953 sin el pedestal de mármol en el que figuraba el nombre del obispo mecenas que lo había construido con su dinero y la fecha de su terminación de 1598. Pieza excepcional de la escultura polícroma de fines del XVI, sus imágenes más celestiales que terrenales continúan cumpliendo la función para la que fueron hechas: enseñar, persuadir y conmover.

CONCEPCIÓN GARCÍA GAÍNZA. Presidenta de la Cátedra de Arte y Patrimonio Navarro de la Universidad de Navarra. Diario de Navarra. Domingo, 9 de enero de 2011